Entrada 11 – El señor borde –

  • y esto es la cocina.
  • Vaya… me gusta.
  • Pues este será tu lugar, esperemos que estés a gusto.
  • Seguro que si. Yo espero aprender mucho y estar a la altura.
  • Te enseñaremos todo lo que sabemos y perfeccionaras todo lo que ya sabes

Escucho como Carmen le habla a una chica, con la que acaba de entrar en la cocina. Bajita, morena, con el pelo corto, unos veinte años y una carita que delata lo nerviosa que esta. Mientras escucha todo lo que Carmen le cuenta, ella entrelaza sus manos, se retuerce los dedos y juguetea con la pulsera que lleva en la mano derecha. Puedo verlo porque estoy a su espalda; que es donde ha llevado sus brazos para adoptar una postura firme, de atención y mostrar seguridad ante la jefa. Pero la pobre esta como un flan.

  • ven voy a presentarte a Samanta, ella será tu tutora.
  • (¿tutora?) ¡hola!
  • Samanta, ella es Sara. Estará con nosotros en prácticas. Y tenemos que enseñarle muy bien para que apruebe con nota.

Vaya tenemos niña de practicas, la pobre se gira para mirarme y cuando intenta sonreír, veo como le tiembla el labio superior. Lo esta pasando fatal.

  • Encantada y bienvenida Sara

Me acerco para darle dos besos, y reposo mi brazo sobre sus hombros, le aprieto un poco contra mí, y guiñándole un ojo le digo: – tranquila, lo pasaremos bien. Te gustara trabajar aquí.

Ella me regala una sonrisa y noto como la tensión disminuye y sus hombros caen ligeramente hacia abajo. Bien Sara, haremos tu estancia agradable.

Después de un duro día de trabajo y de traer loca a Sara con tanta información. Estamos terminando de limpiar cuando le pregunto:

  • ¿Sara mañana a que hora entras?
  • A las 9:00 PM y salgo a las 14:00 PM, hoy le pedí a Carmen venir todo el día para ver un día completo de trabajo.
  • ¿ah, Solo tienes jornada de mañana?
  • Si
  • Tendrás la cabeza como un bombo de tanta información.
  • La verdad es que si.
  • No te preocupes, no tienes que aprenderlo todo el primer día. Hoy fue así para que conocieras nuestra rutina.

Le propongo a Sara que no todo va a ser trabajar, que si le apetece que vayamos a tomar algo. Hemos salido pronto y como ya hace buen tiempo las terrazas están abiertas. Ella acepta encantada. Así que cojo el móvil, llamo a Catia, le cuento la buena nueva y le pregunto que si nos acompaña.

Ya estamos Sara y yo sentadas y vamos por la segunda cerveza, cuando a lo lejos veo como Catia se dirige a nosotras. La miro, sonrío y levanto la mano haciendo el numero dos. Ella se ríe y se encoje de hombros.

  • Ya llego Billy el rápido. ¿eh?
  • Jajaja. Sami ya sabes el aparcamiento.
  • Si, si, aparcamiento. Jajaja. Mira Cat ella es Sara. Esta haciendo las prácticas con nosotros.
  • Hola Sara, encantada.
  • Igualmente. Ya me estuvo hablando Samanta de ti.
  • Jajaja. Espero que para bien.
  • ¡si! Batallitas de cuando trabajabais juntas. Jajaja
  • Ah! Entonces no era yo. Jajaja.
  • Lo que pasa es que Catia lo cuenta mejor. ¡cuéntale!

EL SEÑOR BORDE

Teníamos un cliente asiduo, que venia siempre con el mismo compañero. Y se pegaban toda la tarde sentados en la terraza con el mismo pedido. “dos cafés solos, el suyo con doble azucarillo y el del compañero normal. El primero siempre a mayores pedía un vaso de agua.”

Hasta aquí todo bien ¿no? Lo que ocurre es que este hombre era un poco atípico. Y todos los días había que estar aguantando sus comentarios, la gran mayoría machistas.

Cada vez que pasaba cerca de él murmuraba entre dientes: – mira una mujer trabajando, encima sonríe, lleva ropa muy corta, ¿porque va pintada? y cosas peores que no vienen al caso. Y sí, era así de valiente, solo murmuraba.

En fin, llegan una tarde ambos dos, y veo que cambian de mesa y se sientan en la mas alejada de la ventana donde nuestro amigo Ramón me servía desde la barra lo que los clientes me pedían. Este no había llegado aun de su descanso y en la barra estaba Samanta.

Me acerco a ellos con una sonrisa como siempre:

  • ¡hola buenas tardes! ¿dos cafés solos?

El compañero sonríe y me contesta que si, entonces miro al borde y sin dejar mi sonrisa le pregunto:

  • ¿el tuyo doble de azúcar y un vasito de agua?

Me mira de reojo y dice: – ¡no! Solo un azucarillo y no quiero agua.

Recorro toda la terraza hasta la ventana, y le digo a Sami, que hoy hemos cambiado. Que me ponga dos cafés solos, ambos con un azucarillo y que tampoco toca agua. Vuelvo a recorrer la terraza y se los sirvo, el compañero me da las gracias y el borde espera a que vuelva a recorrer la terraza, llegue a mi ventana, me gire y me levanta la mano para llamarme. Vuelvo a dar el paseo me acerco y me dice el muy capullo: – ¿me traes un azucarillo? (con voz autoritaria) y yo sin perder la compostura, toda amable le digo: – claro ahora mismo, ¿quieres un vaso de agua también? Viendo por donde venían los tiros. Y contesta que no. Doy los dos paseos pertinentes y le sirvo el azucarillo. Y el muy cabrón vuelve a esperar a que llegue a la ventana para volver a levantar la mano y llamarme.

Samanta que estaba en la ventana conmigo, empieza a reírse, porque ve que me estoy calentando y sabe que como salte la lío y dejo firme al mindundi este. Pero luego pienso que estoy trabajando y mejor me controlo. Así que me acerco de nuevo le sonrío y le digo: – ¿dime?

Y el pavo con una sonrisa maliciosa, tiene los santos huevos de decirme: – ¿me traes agua?

A la que estoy volviendo a la ventana, cagándome en toda su existencia, veo que Samanta me tiene el agua preparada sin pedirla. Y una vez que le cojo el vaso, le digo a Samanta que una y no mas  Santo Tomas. Que este a mi no me chulea dos veces.

Cuando Pili y Mili deciden irse, les doy la cuenta y les cobro. Toda alegre y feliz; doy las gracias y les digo que nos vemos mañana. El borde estaba un poco mosca, porque vio que yo no salte. Así que no consiguió su objetivo.

Pero aquí no acaba todo. Con un par de huevos, a la tarde siguiente se vuelven a presentar y se vuelven a sentar en la mesa mas alejada. Y le digo a Ramón que hoy la vamos a tener. El pobre se queda loco al no saber por donde voy.

Me acerco a ellos y pregunto que van a tomar, como no, vuelven a ser dos cafés solos, con un solo azucarillo y sin agua. Pero esta vez estoy calentita y no va a ver tonterías conmigo. En la ventana le digo a Ramón que me los prepare y Samanta que lo oye desde la cocina me pregunta que si son para mi amigo y su compi; asiento con la cabeza y la veo salir de la cocina y decirle a Ramón que los prepara ella.

Yo entro en la barra y cuando me acerco a la cafetera, veo que Samanta carga el cazo de café lo introduce en la maquina, prepara el primero y sin poner una carga nueva de café, deja caer agua en la segunda taza.

  • ¡Sami, que no has cambiado la carga!
  • Ya lo se, este hoy tendrá prisa por irse y llegar a su baño.
  • Pero loca, que se nota que es agua manchada.
  • Tranquila, ahora cojo una carga nueva y dejo caer la espumita del principio y tienes un súper café solo al estilo Sami.
  • Jajaja.
  • Cat, ¿Qué llevas en ese bolsillo que abulta tanto?
  • Ahora veras…

Sami y yo la estábamos liando, y a lo mejor nos salía mal, pero ya estábamos muy cansadas del señor este; por llamarle de algún modo.

Pues bien. Aquí llego toda dispuesta a la mesa, con un café bien hecho para el compañero y un agua-chirri con espuma para el borde. Sirvo ambos cafés muy agradable yo, le pongo el vaso de agua a su lado, por si mas tarde le da sed. Meto la mano en mi bolsillo abultado y dejo caer sobre la mesa una montaña de sobres de azúcar. Y mirando muy seria al borde le digo: – aquí te dejo azúcar de sobra, si no lo echas al café, le aconsejo que los tome directamente, le ayudaran a endulzar su vida. ¡Ah! Y no se moleste en llamarme, a los cafés están invitados. Que tengan un buen día. Y con toda mi chulería me giro y me dirijo a la ventana, a esperar que un nuevo cliente, necesite de mis servicios.

  • ¿Catia eso le dijiste?
  • Y ya te digo yo, que ahí fue suave mi niña.
  • Jajaja. Madre mía, que peligro tenéis.
  • No lo sabes tu bien, pero una cosa te digo Sara. En este mundo nadie es más que nadie. Yo tengo un humor muy negro y Samanta lo sabe, pero nunca me voy a reír de nadie. Me río con la gente, no de la gente. Pero antes de bromear contigo, me reiré de misma cincuenta veces. Para que cuando te gaste a ti la broma la veas como tal, y te rías conmigo.
  • Estoy contigo.
  • Esto promete, contarme mas. jajaja.
  • Ya habrá tiempo, cuéntanos algo de ti.
  • pues….

continuara…

 

 

 

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