Entrada 10 – Infierno en la cocina –

Llamo a mi hermana por teléfono, para hacerle saber que ya voy de camino al trabajo, y ella me cuenta que esta apunto de salir también.

Cuando entro Isabel esta en la barra hablando con Roberto. Y juntos nos animamos para el duro día que no espera.

Un hormigueo recorre mi cuerpo y se que es por la responsabilidad que cargo; de que hoy quiero que las comuniones sean perfectas. Al igual que mi hermana y yo estemos tranquilas, por que así las cosas siempre salen bien.

Una vez uniformadas, miro a Isabel, le sonrío, guiño un ojo y le digo: – que empiece la función. Los fuegos se encienden y mis manos toman el papel de director de orquesta. Los cuchillos comienzan con la percusión, cacerolas y sartenes se unen a la sintonía, el sonido del agua hirviendo y el de los ingredientes bailando en el aceite, hace la canción vaya tomando forma.

Inmersas en nuestro trabajo, hace que salgamos de él Tatiana, que entra corriendo en la cocina.

  • Samanta, tenemos un problema.
  • ¿Qué ocurre?
  • Una de las comuniones no son veintiocho comensales, sino treinta.
  • Vale, retoca la mesa y yo preparo para dos personas más.

Que susto me ha dado la jodida con lo de que había un problema. Le digo a Isabel  que no pasa nada, vamos bien de tiempo e incorporar dos personas mas no nos va a trastocar nada.

  • Isabel acércate a la cámara coge el marisco.
  • Samanta, no hay marisco.
  • Isa joder, en la cámara de abajo.
  • Abajo estoy mirando y no hay marisco.
  • ¿Cómo no va haber? Aparta.

¿¡Como!? ¿Dónde esta el marisco? Busco, rebusco, arriba, abajo y nada. No encuentro ni el bigote de una gamba.

  • Sami ¿ahora que hacemos? ¿Dónde esta?
  • Lo habrá subido Carmen al otro local
  • Joder con Carmen, ¿ no pudo pensar en nosotras? Puede surgir cualquier cosa. Y mira tú por donde, nos ha tocado premio.
  • Bueno tranquila, estate pendiente de lo que hay en el fuego. Y esto se soluciona quitando una pieza a cada plato y así montamos los dos que nos faltan.

Hombre para ser sincera no esperaba que Carmen arrasara con el género en su totalidad. O quizás fui yo quien contó mal, no lo se. Pero para quitarme la duda, no aguanto ni un segundo en acercarme a la agenda de las reservas. Efectivamente esta escrito veintiocho comensales.

Cuando estamos terminando de preparar los segundos le digo a mi hermana, que recuerde que solo hacemos poste para una de las comuniones. Que la otra tiene una tarta enorme que trajeron los papas del niño. Un regalo de su padrino que por lo visto es un gran pastelero. Pero tenemos que montarla en la base y saldrá en el carito que usamos para las tartas de las bodas.

Veo como mi hermana se dirige a la cámara que reserve para guardar la tarta. Y cuando la abre… ¡PLAS! Se me cae el plato que tengo entre las manos. ¡La cámara esta vacía! ¡Que cojones pasa hoy! Tengo a los astros en contra, o los duendes o al vecino de enfrente. Pero la tarta no esta aquí.

Me asomo a la barra y hago entrar a Roberto.

  • Nene, ¿Dónde esta la tarta que había ahí guardada?
  • Ayer la subió Carlos, para la comunión de hoy.
  • ¿¡ QUE!?
  • ¿Samanta?
  • Roberto, ¡esa tarta es para la comunión del niño que tenemos hoy aquí!
  • ¿Qué dices?

Sin perder tiempo cojo el móvil y llamo a Carmen, para ver si podemos solucionar esto antes de que el corazón se me salga por la boca. Solo pienso en el niño, y el recuerdo que puede provocar en él que el día de su comunión no haya tarta.

  • Hola Carmen, dime que no has sacado aun la tarta que hay allí.
  • ¿la tarta? No, aun no. Vamos con un poco de retraso.
  • ¡no la saques! Esa tarta es de una de estas comuniones.
  • ¿Qué dices Samanta, no fastidies?
  • Tienes que bajarla, aquí ya están con los segundos.
  • Imposible, tenemos un jaleo que no veas.
  • Vale, ya subo yo.

Al colgar le pregunto a Roberto que si tiene el coche, pero vino andando. Isabel también vino andando y el coche lo tiene mi cuñado; y mi sobrino esta fuera del pueblo. Salgo de la cocina a toda prisa, en la zona del bar me pongo a buscar a ver si conozco a alguien que me haga el favor de poder subir al otro local y recoger la dichosa tarta. ¡Bingo! Alberto esta aquí, es un cliente asiduo. Me acerco a él, le explico el problema y le pregunto que si me hace el favor. Sin pensarlo dos veces me resuelve la papeleta y le digo a mi hermana que lo acompañe.

De vuelta a la cocina oigo que me llaman pero no ubico en que dirección viene el sonido.

  • ¿Samanta? ¿Samanta eres tú?
  • ¿eing?
  • ¡Samanta! Cuanto tiempo, no has cambiado nada.
  • ¿Noe?
  • ¡pero bueno, que alegría! No sabía que trabajabas aquí. He venido a la comunión de mi sobrina, llegue ayer…

Madre mía, mi amiga Noelia. Hace que no la veo mínimo nueve años. Vive en Madrid pero todos los fines de semana venia. Y su familia vive en mi calle; y desde muy pequeñas tenemos relación. Cuando se quedo a vivir aquí una temporada, fue cuando nuestra amistad se hizo mas estrecha.

  • ven Samanta quiero presentarte a alguien.
  • Hola
  • Samanta, te presento a Paula. Mi mujer.

¡ATIZA! Noe esta casada. ¿Dónde habrá quedado esa chica tan liberal, que prefería vivir el momento que cerrarse en una relación seria y que consiguieran romper su muro y encontrar sus sentimientos?

Mientras Noe me ponía al día con su vida, recuerdo el problema que tengo en la cocina. Así que con mucho dolor debo interrumpirla y salir corriendo. No sin antes darle mi número de teléfono por si podemos quedar y vernos tranquilas antes de que se vuelva a Madrid.

Sin tiempo que perder abro dos botellas de cava, el sorbete de limón unos cuantos ingredientes mas y en menos de lo que canta un gallo, tengo preparados treinta mini cócteles. Llamo a Tatiana y les digo que se preparen para servirlos.

  • Tati, decir que es un detalle por parte de la casa. Tenemos que ganar tiempo, para preparar la tarta que esta apunto de llegar.
  • ¿llegar?
  • Luego te explico, pero no tengáis prisa en servir.

Cuando entran Alberto e Isabel en la cocina, mi hermana me mira extrañada al encontrarse con las copas. Yo le guiño el ojo. A toda prisa la montamos y dejamos lista toda la parafernalia de la misma. Le agradezco a Alberto lo que ha hecho por mí y le digo que le debo una.

Al ver a Tatiana empujar el carrito con la tarta; la sigo y me freno en la puerta. Asomo un poco la cabeza y cuando veo a ese niño sonreír por lo que le se acerca, pienso que a merecido la pena todo este nerviosismo y las prisas de haber solucionado el problema.

Ya sale el último plato de cocina; cuando mi hermana grita: – ¡por fin! Lo hemos conseguido.

Ya había terminado, se acabo el correr, y los posibles problemas.

  • espera Isa, no recojas aun. Tengo algo preparado.
  • Samanta no me asustes…

Me giro hacia ella y cuando me ve con un coctel a cada mano, a la tonta le da la risa.

  • Chin Chin hermanita.
  • ¡por nosotras!
  • Un placer como siempre.
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